Vida de Santos Florencio Pablo Agama, abogado y dirigente
Áncash, 29 de octubre de 1942 ✦ 21 de agosto de 2026
Hay hombres que nacen lejos del lugar donde serán recordados. Santos Florencio Pablo Agama nació el 29 de octubre de 1942 en Chahuarcón, un rincón del distrito de Llamellín, en la provincia ancashina de Antonio Raimondi. Murió el 21 de agosto de 2026, a los 83 años, siendo uno de los dirigentes más conocidos de Tacna. Entre esos dos puntos cabe la historia de un país entero.
Fue el tercero de nueve hermanos, hijo de Abilia Agama Reyes y Román Pablo Ibarra. Creció donde la infancia dura poco. Siendo apenas un muchacho ya conocía el peso del trabajo en la hacienda Humaya, en aquellos años en que todavía mandaban los patrones y un hijo del campo valía por sus brazos. Esa dureza no lo doblegó. Le enseñó a levantarse temprano y a no rendirse: dos costumbres que no lo abandonarían jamás.
Aprendió pronto que la única puerta de salida se abría con los libros. Hizo su primaria en la Escuela Fiscalizada N.° 1340 del centro poblado de Humaya, en Huaura. Siguió en la Gran Unidad Escolar «Luis Fabio Xammar Jurado» de Santa María, en Huacho. Y cuando la vida lo trajo al sur, terminó la secundaria de noche, en las aulas del colegio Enrique López Albújar de Tacna, después de trabajar de día.
Estudiaba con hambre de aprender. En el Colegio Regional de Administración de Empresas no se conformó con aprobar: salió primer puesto de su promoción. Ese muchacho que había cargado sobre la tierra ajena demostraba, cuaderno en mano, que el esfuerzo también rinde en las aulas.
Su primer empleo formal lo tuvo en el Ministerio de Agricultura, en Lima. De allí fue destinado a la provincia de Sánchez Cerro, en Omate, y en 1970 llegó por fin a Tacna, nombrado Funcionario 2 por designación del entonces presidente Juan Velasco Alvarado. No lo sabía todavía, pero acababa de encontrar la ciudad que sería suya para siempre.
Tacna lo recibió y él le respondió con lealtad. Aquí decidió que no bastaba con servir desde un escritorio: había que entender las leyes para defender a la gente. Ingresó a la Universidad Privada de Tacna a estudiar Derecho y Ciencias Políticas, y obtuvo el título de abogado. Su excelencia le valió cursar varios semestres becado. Años después coronaría esa formación con una maestría en Derecho Constitucional y diversos diplomados, siempre entre los primeros. El campesino de Chahuarcón se había hecho doctor.
No fue un abogado de despacho cómodo. Puso su título al servicio de la gente que peleaba por un techo. Se convirtió en dirigente de asociaciones de vivienda, acompañando a las familias que reclamaban un lugar donde levantar su casa y defendiendo la posesión de sus terrenos frente a quienes pretendían arrebatárselos. Sabía de dónde venía y por eso entendía a quién debía defender.
No le tembló la voz para enfrentar al poder en defensa de los más necesitados. Su lucha fue siempre con los más pobres: los que peleaban por la electrificación de sus barrios, por el agua potable que no llegaba y por los títulos de propiedad que les daban, por fin, la certeza de que esa tierra era suya. Donde había una familia sin servicios o sin papeles, allí estaba Agama poniéndose de su lado.
De esa misma convicción nació el dirigente sindical. Encabezó luchas gremiales a nivel nacional y en toda la región sur, y demostró, con el ejemplo, que la protesta se puede ejercer con principios, con valores y con dignidad. Nunca confundió firmeza con violencia ni convicción con provecho propio.
La política lo buscó porque la gente confiaba en él. Fue regidor de la provincia de Sánchez Cerro, en Omate, en 1968; regidor del Concejo Provincial de Tacna en 1983, durante la gestión del alcalde Silva Flor; y otra vez regidor y teniente alcalde de Tacna entre 2003 y 2006, en la administración de Jacinto Gómez.
Más tarde llegó al Consejo Regional de Tacna, donde ejerció como consejero entre 2015 y 2018, durante el gobierno de Omar Jiménez, y en dos oportunidades fue elegido por sus pares presidente del Consejo Regional. Ya jubilado, no se guardó: hasta sus últimos años siguió vigilante, señalando lo que debía corregirse en la cosa pública. Entendía la política como se entiende el trabajo del campo: sin descanso y con las manos limpias.
Un hijo de pueblo puede llegar tan lejos como se lo permitan sus sueños, su disciplina y sus convicciones.
Pero ninguna hoja de servicios explica del todo a un hombre. Detrás del abogado y del político hubo un esposo y un padre. En Juana Pinto Valdivia, su compañera de vida, y en sus hijos encontró la razón para seguir adelante y el lugar donde descansar del ruido. Con ellos vivió sus mayores alegrías, los vio crecer y celebró con orgullo callado cada uno de sus logros. La familia fue su fortaleza y su refugio.
Hoy Tacna no lo despide por sus cargos ni por sus títulos. Lo despide por lo que fue: el muchacho que salió del campo y nunca dejó de estudiar, el abogado que defendió a los que no tenían voz, el dirigente que peleó con dignidad y el ciudadano que entregó su vida al servicio de los demás. Su historia queda como prueba de que la educación transforma y de que el esfuerzo, tarde o temprano, abre caminos.