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¿POR QUÉ ESA AGRESIVIDAD? o DESDE EL DOLOR

Gonzalo Moya Cuadra

“La Bandera de Chile es usada de mordaza // y por eso seguramente por eso // nadie dice nada” (Elvira Hernández)

Septiembre hoy. Septiembre, tiempo presentido. La muerte se hizo presente en una tierra lejana en un tiempo confuso, en un tiempo embravecido por la angustia, en un tiempo de semblante herido por poderosas voces políticas que dibujaron, implacables, el símbolo de la muerte. Y la muerte es la muerte de todos los desheredados de la tierra. Y una mañana se hizo presente la muerte en mi pobre tierra. Y mi tierra fue consumida por el dolor. Y por las calles se esparcía la sangre sin nombre de miles y miles de chilenos, sencillos, trabajadores, intelectuales, profesionales, poetas, políticos, todos pensantes, quienes sólo querían construir un nuevo modelo de sociedad, lúcida, realizable. “Venid a ver la sangre por las calles, venid a ver, la sangre por las calles” (Pablo Neruda). Y que Chile sea el ejemplo de vida, de valor, de resistencia, para que nunca más en ninguna tierra latinoamericana, en ninguna tierra de este pobre planeta, se imponga una dictadura cívico-militar, una dictadura cruel, pocas veces vista en la historia de la humanidad. En mi pobre tierra los opresores asesinaban sin razón, torturaban sobre el silencio de la víctimas, violaban a mujeres sólo por satisfacer sus instintos primitivos, insensibles, cobardes, bestiales, desapareciendo a quienes pensaban diferente, a quienes legítimamente luchaban por la libertad, por un nuevo modelo de utopía, “Yo soy una bestia. Usted es un ser humano” (palabras textuales de un torturador a un torturado, acaso un arrebato de autocompasión en vísperas de una fiesta navideña, pero en ningún caso un signo de arrepentimiento). ¿Por qué esa agresividad? ¿Por qué ese ensañamiento si mataban a hermanos, tan humanos como ellos? Claramente padecían de una extraña descomposición moral, de una alteración psicológica que sólo da un poder omnímodo, inconsciente. “Yo obtengo mi fuerza de dios”, dijo el mesiánico dictador (parece que vivía en Marte, infeliz él).

Todavía hay desaparecidos. Todavía hay familiares que les buscan incansablemente. Todavía los torturadores mantienen un pacto de silencio. Todavía hay información oculta. Todavía no muestran remordimiento. Todavía no tienen la lucidez para entender que las violaciones a los derechos humanos son un problema de conciencia que atañe a toda la nación chilena, a toda la humanidad. Todavía Chile es un país sangrante, es un país sufriente, un país de dolores irreparables. Los muertos no son sólo memoria. Son la esperanza y la libertad para una América Latina políticamente unida, moralmente desarrollada. Todavía la gran mayoría latinoamericana es cómplice de las arbitrariedades de la hegemonía capitalista, de la involución conservadora, es decir, aparece el concepto orteguiano de hombre-masa, de ciudadanos cómplices e insensibles que aceptan su sometimiento a los poderosos, a quienes rinden pleitesía a lo crematístico, a lo inmoral, a quienes todavía pretenden manejar al hombre presente, padeciente de infertilidad cultural.

P.S.- Antes se escribía desde el miedo. Hoy se escribe desde el dolor, desde el temor de no encontrar la paz, la justicia y la reivindicación para quienes fueron dolorosamente asesinados. Y dicen que los muertos no están muertos… “¡No han muerto!… Están en medio de la pólvora, de pie, como mechas ardiendo” (P. Neruda).